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Los
nueve volcanes activos de Costa Rica, hacen recordar a los
visitantes, el increíble poder que se oculta bajo el
delgado manto del planeta. En el volcán Irazú,
es fácil darse cuenta de la razón por la que
Neil Armstrong dijo que el desolador paisaje se asemeja enormemente
a la superficie de la luna. Cualquier persona que camine hasta
el borde del cráter principal del Poás y observe
su lago sulfuroso caliente, sentirá su fuerza y poder
y, sin lugar a dudas, cuestionará el supuesto dominio
del hombre sobre el mundo.
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Arenal, el más
activo y por consecuencia, el más estudiado de los volcanes
costarricenses, ruge y erupciona con impresionante frecuencia y
su actividad nocturna a manera de juegos pirotécnicos, acelera
los corazones de cientos de observadores que año con año
lo visitan. En las faldas más bajas de la Sierra Volcánica
de Guanacaste, el volcán Rincón de la Vieja deja escapar
a través de su agrietada base, fuentes de lodo caliente que
hierve a altas temperaturas, constantes fumarolas y pequeños
ríos termales.
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Los
cerros no volcánicos de Talamanca son igualmente bellos
y aquí se encuentran dos de las mayores elevaciones
del país. La carretera Interamericana, cruzando el
Cerro de la Muerte con 11.453 pies. (3.491 metros), permite
observar los bosques de roble de las tierras altas a 9.843
pies (3.000 metros) y es la única carretera que permite
el acceso a un páramo en el país. Para ver evidencia
de la era glaciar a los 12.533 pies (3.820 metros) de altura
en el Cerro Chirripó, que data de la última
era de hielo, se requiere de una caminata de 9 horas y de
una o dos noches acampando en clima muy frío. Pero
esto definitivamente está reservado para aquellos a
quienes les gusta la aventura y que gozan de una excelente
condición física.
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